Entre murallas

Con la vista en el cielo

Con la vista en el cielo

Se oían rumores de brujería entre los gruesos muros del casco antiguo de Palma. Nadie sabía cómo bulthaup había conseguido eludir, una vez más, las amenazas de tormenta: después de unas lluvias torrenciales la víspera, el día amaneció nítido, con apenas alguna nube oscura alejándose por el horizonte. El evento programado en el edificio del Colegio de Arquitectos, un palacio de finales del siglo XVII que se levanta a pocos metros de la catedral, parecía, al fin, tener vía libre.

Encuentro en un escenario singular

Siempre esperamos con ilusión los encuentros con la comunidad bulthaup. Algunos de los asistentes a la reunión mallorquina habían disfrutado el año anterior del evento entre viñas. En esta ocasión, el escenario no podía ser más distinto: las monumentales murallas del casco antiguo de Palma, asomadas al arco de la bahía. Un mar oscuro. El palacio. La catedral. Tanto para quienes asistían por primera vez a un evento bulthaup en Baleares como para quienes repetían, la extraordinaria cocina de Santi Taura, las buenas compañías y un esplendoroso sol de otoño fueron motivos de celebración.

Asomados al mar

El grupo fue congregándose bajo los altísimos techos artesonados de palacio. Asomados a los balcones, podíamos ver la promesa de lo que compartiríamos un par de horas más tarde: una larga mesa cubierta con un mantel blanco en pleno paseo de ronda de la muralla, frente al Parc de la Mar y la bahía. Un par de cargueros permanecían inmóviles en la distancia; un salpicado de velas aprovechaba el viento del mediodía.

En la terraza del palacio

Después de la presentación del acto, pasamos a la terraza exterior, donde, mientras degustábamos una refrescante limonada con menta, Santi Taura nos narró el trasfondo de las delicias que había preparado para el aperitivo. Y lo anunciado superó nuestras expectativas: sensacional.

Subiendo a las alturas

Motivos había para reponer fuerzas, pues a continuación nos dirigimos hacia la Seu, la inmensa nave de la catedral que nos esperaba hacia poniente. La aventura en la que nos embarcábamos requería subir nada menos que 210 escalones por diversas escaleras de caracol para llegar a las cubiertas de la iglesia...y más allá.

Entre arbotantes góticos

Como en un vía crucis, fuimos parando en la torre del campanario, que en otros tiempos fue lugar de asilo, en los pasadizos bajo la gran campana con nombre propio –N'Aloi– y atravesamos entre arbotantes las terrazas hasta cruzar por un pasillo exterior frente al gigantesco rosetón gótico, de más de trece metros de diámetro, con vitrales de finales del siglo XVI. Nos quedamos sin aliento, literal y metafóricamente: la ciudad y la bahía, perfectas, extendiéndose a nuestros pies.

Las sorpresas culinarias de Santi Taura

Volvimos dispuestísimos. Nada más sentarnos, Santi nos habló de los platos que nos aguardaban y de las recetas rescatadas de tiempos pasados, de las distintas influencias de la cocina mallorquina tradicional. Los aromas de jengibre y azafrán, cilantro y canela revelaban un pasado musulmán en el extraordinario manjar blanc de bogavante, una aromática crema que nos dejó a todos sumidos en un silencio de admiración. El lomo de cerdo negro con ensaimada, indiscutiblemente cristiano con un toque de Wellington francés, rotundo y magnífico.

Dulces de antaño 2.0

Para los postres, no contento con ofrecernos un arrope con aroma de rosas y orellanes, una especie de torrija local, Santi coronó la sesión con su particular reconstrucción del gató, una tarta de almendra que, en este caso, se deshacía como por arte de magia en la boca del feliz comensal.

Mecidos por la música

Felices, tras la comida, seguimos intercambiándonos sombreros contra el sol todavía intenso. De pronto, apareció un cuarteto de cuerda: el contrabajo, el violonchelo, la guitarra y el violín del grupo Le Carromato nos sumieron en un momento de gracia. Permanecíamos en silencio, sintiendo la brisa y dejándonos llevar por la melodía.

El placer de estar en comunidad

La luz de la tarde fue declinando. Los músicos, aclamados, se retiraron, cediendo el paso a los gin tonics. Nos quitamos los sombreros y fuimos cambiando de lugar, reencontrándonos con amigos de la otra punta de la larga mesa, poniéndonos al día. Seguramente nuestras risas se debían de oír desde las terrazas ya vacías de la cercana catedral. Las campanas tocaron las cinco, luego las seis. Empezaba a refrescar y nos fuimos despidiendo, enfilando las callejas oscuras de la ciudad medieval, todavía con las imágenes del cielo nítido, la ciudad a vista de pájaro y las voces, los sabores y los aromas dándonos vueltas en la cabeza.

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